viernes, 31 de octubre de 2014

Interiores, de Marina Centeno (Reseña nº 696)


Marina Centeno
Interiores
Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 2014



Interiores es un enorme poemario; no es habitual, al menos en el ámbito que me muevo, encontrar libros de poemas tan extensos, excepto que se trate de una antología o de la recopilación de la obra poética de un autor, que no es el caso.

Interiores es también algo muy breve, y os sorprenderá esta descripción en una obra de 250 páginas de poesía: es amor; es desamor; es sexo, implícito y explícito; es mar, es sal, son muchas fotografías, es un largo recorrido vital, es la experiencia de la poeta; pero es, sobre todo, un espejo. Me atrevo más aún: son trece espejos donde Marina Centeno se mira, y nos mira.
Yo la conocí a través de otro espejo, no aquel donde Alicia se precipitó, sino a través del visible y palpable de la pantalla del ordenador que nos permite ver lo que hay donde no podemos ni imaginar lo que hay.
Los poemas no tienen título, excepto un par de ellos, creo recordar. Y es, Interiores, también una búsqueda que, aún comenzando en la primera página, se nos formula la gran interrogación en la 183: ¿Dónde está la poesía? En efecto, no se pregunta qué es, sino dónde está. Esa poesía, ese poema que es un horno alucinógeno, que no tiene horarios, por eso ella considera que la tiranía acompaña al poema. Reflexiones duras de una poesía tan personal. Nos avisa de que la poesía hace perder el equilibrio porque, no lo dudemos, la intimidad se pierde en el poema.
Tampoco esa pérdida es algo que preocupe a la poeta, no. Muy al contrario, ella busca las sombras que transitan dentro de la poesía, tal vez por ese motivo, único motivo, para escribir no se pinta los labios. Y entonces nos confunde, lo tenía preparado desde el principio, pues lo ha hecho gota a gota, porque sabe que el goteo del poema es como dejarse caer hacia el abismo. El poema está ahí, lo vemos, y al tiempo, no lo vemos, es algo físico, pero también espiritual, y como está, nos dice que para caer, basta el suelo y el precipicio. ¿Es ese precipicio el borde del libro? ¿O lo son las sombras de las que nos habló? ¿Lo es la arruga, el pliegue? Porque el poema también nos deja arrugas en las manos, ella lo sabe, y vuelve a avisarnos.
No hay forma de que nos deje indiferente su poesía, y así, una vez que nos tiene atrapados en su oráculo, ya, sin rodeos, frente al espejo, grita en susurrante melodía: para saber quien soy/ hube de mirar al espejo.
Trece espejos, lo dije al principio, pero también nos lo dijo la poeta en las primeras páginas, deseando que no pasásemos sobre esa pista sin descubrirla: la escritura es sólo eso: una colección de voces que murmuran. Es cierto, Marina, llevo muchas mañanas, muchas tardes, muchas noches, detrás de tu poesía, te encuentro en Facebook cargada de tu arsenal de palabras y conozco tu magia capaz de convertir en poema hasta la ropa que llevas puesta. Soy un lector, ese lector que describes en tu poesía, que está a tu lado, en silencio, silencioso, y que ha descubierto muchas de las cosas que se parecen a su dueña, como el título de tu blog, como cada fotografía, tú, que eres tu fotógrafa oficial, ahí, en ella, en cada fotografía es donde el tiempo perdura, como en el poema, donde el agua que te rodea te es tan necesaria para hablar de ti misma, algo que nunca precisa una fotografía, aunque sea abierta a la intemperie.
Otra clase de espejo es el objetivo de tu cámara fotográfica, convertida ya en móvil. ¡Cómo avanzan los tiempos! La poeta no está anclada en el pasado, busca con ganas salirse de su propio cuerpo, porque duda, o mejor dicho, cree que debe haber otra dentro de ella (No siempre soy yo, confiesa). Y es precisamente, frente al espejo, donde encuentra reflejada la escena de uno mismo.
Comprendéis ahora, desconocidos lectores, qué es Interiores. Es lo que espejea en el espejo, es hacer rabiar a los espejos, divagar en el espejo. No ante el espejo, sino en el espejo. Nos confunde nuevamente, nos esconde las claves entre los versos, para que encontremos por qué apura a colgar los debates del espejo… y, entonces, cuando vamos caminando hacia el final del libro, otra prueba, otro enigma, como si Esfinge fuese la que se escondiese dentro de ella: es el espejo de lo que no existe y seis palabras claves: Evita el espejo/ -a veces muerde-.
No te conozco, pero te siento. Sí, ella no conoce al lector que ahora mismo tiene este libro entre las manos, pero lo siente. Se nos ha desvelado en todas sus personalidades, entre ellas, que se encuentra aquí, ante nosotros, en las palabras, en las letras impresas, porque se aseguró, antes de escribir, verse en el espejo, y, en ese mágico encuentro, vernos entre los versos.
Trece espejos,… tan sencillo que es mirar por el espejo.
Ahora ya lo sabes, puedes volver cuantas veces sea necesario, porque si tras el espejo todo es páramo, aquí, en los versos que se abren tras esta página, está Marina Centeno, tan diferente, tan igual, tan distante, tan cercana, siendo siempre, ella misma.
En sus propias palabras: valdría la pena morir después de un verso.

Francisco Javier Illán Vivas