viernes, 24 de julio de 2009

Hablando de libros con Luis Alberto de Cuenca

Nacido y criado en el barrio de Salamanca, educado en los mejores colegios de Madrid, licenciado y doctor en Filología Clásica por la Universidad Autónoma con sendos premios extraordinarios y, sobre todo, lector infatigable, Luis Alberto de Cuenca ha sido Director de la Biblioteca Nacional y del Instituto de Filología del CSIC, Secretario de Estado de Cultura y ha recibido el Premio de la Crítica en 1986 por su libro de poemas “La caja de plata” y el Premio Nacional de Traducción en 1989, pero es, además, uno de los más destacados poetas españoles del momento, sin que ninguna de estas facetas anteriores ande desgajada del resto, sino más bien, al contrario, todo en este hombre converge hacia la luz de la palabra y de su magia, como si las muchas lecturas de los clásicos, la reflexión acerca del hombre y de su destino, la vida misma, tomada a manos llenas hayan enriquecido con una multitud de factores todos y cada uno de sus libros: Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes./ Lo deciden un día, mientras los cortesanos/ discuten sobre el rito de alguna ceremonia/ que se olvidó y que debe regresar del olvido. Refinado, culto y elegante, ha convertido su expresión poética en una suerte de parapeto contra la vulgaridad y la confusión que impera en el ámbito del arte, de la literatura y del conocimiento.

Entrevista, y comentarios- entre paréntesis- de Pascual García, para Ágora, papeles de arte gramático.

¿Va el poeta siempre e indefectiblemente de la oscuridad a la claridad? ¿Es ése siempre su afán y su viaje?
En mi caso sí se ha producido ese itinerario. No lo provoqué: se produjo. Decía Borges que era la puerta quien elegía, no el hombre. El azar elegirá para otros poetas otros itinerarios.

(Leyendo sus libros: “Elsinore” (1972), “Scholia” (1978), “Necrofilia” (1983), “La caja de plata” (1985), “El otro sueño” (1987), “El hacha y la rosa” (1993), “Por fuertes y fronteras” (1996), “Sin miedo ni esperanza” (2002), “El enemigo oculto” (2003) y “Ahora y siempre” (2004) entre otros muchos títulos de este autor prolífico y consecuente, uno no puede eliminar del todo la sombra bienhechora del inmortal Borges, de aquel argentino universal, que también profesaba la religión de los libros. No lo niega nuestro poeta madrileño, sino que más bien lo tiene a gala, aunque entre los dos escritores haya tantas diferencias como las debe haber entre dos personalidades distintas y bien definidas, nacidas a miles de kilómetros la una de la otra y cuyas existencias han seguido diversos itinerarios).

¿El carácter culto, oscuro a veces, complejo y erudito de tu poesía no implica, en el fondo, una voluntad de construir un universo personal, un territorio literario propio, que constituya un particular espacio de encuentro con determinadas lectores? ¿Acaso esa inmensa minoría a la que hacía referencia Juan Ramón Jiménez?
Empecé escribiendo desde la oscuridad, pero a partir de “La caja de plata” mis poemas son accesibles a la mayoría, teniendo en cuenta que una mayoría de lectores, tratándose de poesía, son esa inmensa minoría de cuatro o cinco mil lectores de la que hablaba Juan Ramón.

¿La ubicación del poeta en el redescubrimiento de la cultura y del mito no revela, en cierta medida, un fondo de escepticismo y de descreimiento ante la condición humana y ante la vida en general? Como si el escritor, que ha dejado de sentir el mundo, se elevara por encima y buscara otros ámbitos en el tiempo o en el lenguaje.
Es eso, es precisamente eso. Me confieso escéptico por convicción, y creo que sólo se avanza a golpe de escepticismo. Pero los viajes por el tiempo y por el lenguaje no nos libran del todo de la angustia ante el mundo, de la profunda amargura que destila la condición humana.

(También nosotros, sus lectores devotos, hemos encontrado en sus versos ese alimento ecuménico y sagrado que nos permite disfrutar del momento, conservar la memoria y mirar con disgusto el espectáculo que nos rodea, sin acogernos a otro dios ni a otra fe que a la de su palabra: Si Dios existe, Dios es alguien/ que disfruta consigo mismo).

Hay en tu actitud frente a la literatura la percepción indudable de un gran lector. En realidad da la impresión de que un lector incesante estuviese buscando el texto que desea leer de nuevo. ¿Es un punto de vista borgiano, no te parece? ¿Estás de acuerdo con mi argumento? ¿Qué puedes añadir?
Estoy completamente de acuerdo con lo que dices. Borges es mi padre, mi amigo, mi maestro. Yo también, como él, me siento orgulloso de lo que he leído, no de lo que he escrito.

¿Por qué ese viraje casi radical en lo referente a la estética y a la expresión literaria que emprendes a principios de los ochenta, ese paso de lo críptico a lo mundano, aunque matizando siempre los dos términos?
Tampoco es tan brusco ese cambio. Leyendo atentamente mis primeros libros, ya está dibujada en ellas mi estética posterior. Me gusta eso de haber pasado de lo críptico a lo mundano. Pero ni era tan críptica mi escritura inicial, ni tan “mundana” la que fui desarrollando más tarde, a partir de los años 80 del siglo pasado. En todo caso, esta última ha resultado, sí, más comunicativa, menos privada, más universal.

(Tal vez el secreto de la poética luisalbertiana resida justo en esa mezcla, bien proporcionada, del arte y de la vida, de la carga libresca y del dolor de la calle, que de una forma tan sutil reflejan sus poemas, sobre todo los de esta última época, cuando el poeta decide volverse hacia el hombre que él mismo representa y escribir sobre su condición, como si se empeñara en resolver esa vieja y manida paradoja de los grandes poetas: Pero, ¿por qué no voy a ser/ al mismo tiempo sueño y vida).


¿No existe cierta contradicción entre tu voluntad, a partir de un momento dado, de iluminar el mundo y el poema y el caos patente de la realidad que nos circunda?
Yo creo que mis poemas pueden iluminar el mundo algunas veces, pero sólo un par de minutos, como esos artefactos lumínicos que hay en las catedrales para encender las luces del altar mayor, previa inserción de una moneda. Por lo demás, tengo claro que el caos lo preside todo. Pero se deja iluminar de tanto en tanto. No puede evitar que existan la belleza y la bondad en el universo.

Toda tu andadura poética ha sido un constante posicionamiento entre los opuestos de la literatura: comunicación (vs) conocimiento, vida (vs) cultura. ¿Has conseguido, al fin, conciliarlos? ¿No serán en ti y, por ende, en tu obra una misma cosa?
Pienso que sí, que he conseguido conciliar esos (sólo aparentes) contrarios. La cultura nos enseña a vivir mejor, y el conocimiento contribuye a hacer más honda y más fecunda la comunicación entre los hombres.

(Toda su trayectoria, su biografía y sus preferencias lo han conducido hacia este extremo; de modo que no puede haber contrasentido entre lo que ha escrito desde el primer libro y el tiempo que ha invertido en gastar los años y los días que ya no tiene. Es joven todavía, desde luego, y escribirá más versos, pero no podrá ni querrá despojarse nunca de un equipaje de nombres y de fechas, de personajes y de sucesos que ya son historia: ¿Volverán algún día los héroes de su exilio/ dorado, allá en las islas donde el sol no se pone?/ ¿Dejará de reinar por doquiera el hastío?/ ¿Morderá el polvo al fin tanta melancolía).

Estoy de acuerdo contigo en que la poesía no es menos ficción que el resto de la literatura y, sin embargo, tú estarás de acuerdo conmigo en que tu poesía exhibe, de algún modo, ámbitos de tu propia vida, de tu yo más patente o más escondido. No sé si se trata de una contradicción. ¿Podrías aclarármelo?
Mi poesía es plena y absolutamente autobiográfica. Con ella en las manos, un buen psicoanalista podría ahorrarse conmigo los interrogatorios en el diván. Y, sin embargo, mi poesía es ficción. Puede parecer contradictorio, acaso lo sea, pero a mí me parece que la realidad es un espacio para la ficción: el “teatro del mundo” que acuñó Calderón en uno sus autos sacramentales más famosos.

¿El uso de la cultura grecolatina, de los moldes métricos tradicionales en un planeta desbordado por la tecnología, la ciencia y la banalidad no es, en cierto modo, una firme protesta, aunque de la manera más sutil y bajo la forma de una impresionante ironía, acerca de la vida y del hombre actuales?
Vuelves a tener razón, y nunca había reparado en ello. Va a ser verdad que cuando me sirvo de la métrica tradicional y me refugio en los autores clásicos no estoy haciendo otra cosa que protestar. Detesto la sociedad actual y, sobre todo, su paupérrimo nivel educativo.

(Resulta razonable que un escritor de su talla se permita cierto grado de evasión y con sus libros, nos invite a nosotros a elevarnos por encima de las miserias humanas de todos los días. No es obligatorio, pero la mejor poesía ha tenido muchas veces esta tentación, incluido aquel monumento místico de San Juan, y los mejores lectores hemos buscado, muy a menudo esos espacios recoletos donde escondernos de tanta fealdad y de tanto dolor: Vengo de desertar en Bouvines o de pelear en Midway,/ vengo de la victoria o de la cobardía).

¿No es a veces, muchas veces, la literatura, la poesía, el único ámbito seguro, el orden dentro del orden, el orden soñado, una suerte de sueño imposible hecho realidad?
Amplíalo a las artes todas, no sólo a la literatura. El arte es el único espacio de orden posible. Lo que nos salva, aunque sea tan sólo por un rato, del aburrido caos circundante.

Como consecuencia de la pregunta anterior ¿no sería la literatura ese paraíso perdido al que añoramos siempre regresar, el único paraíso perdido?
En mi opinión, el paraíso perdido no es la literatura, sino la infancia. Toda nuestra vida es un lamento por esa pérdida que sólo se extingue con la muerte.

¿Ha sido la poesía tu refugio interior, tu paraíso predilecto, o tal vez un cobijo, como escribes en algún momento: “Las mujeres te habían retirado / su protección, los dioses su asistencia / y la literatura su cobijo”?
Mi paraíso predilecto es, insisto, la infancia que se fue para no volver, la niñez en que no existía la muerte y aún había remedios caseros contra las pesadillas. En la literatura he buscado siempre asilo, refugio. Y me lo ha brindado, gustosa. La verdad es que la poesía ha mejorado mi calidad de vida y ha templado no pocas veces mi predisposición a la melancolía.

(Si necesitásemos justificar la literatura, en las palabras de Luis Alberto de Cuenca encontraríamos el argumento infalible. Seguramente porque la causa de todos los males del mundo, incluso los más graves, como la guerra y la insolidaridad radique en el aburrimiento, porque no hay otra existencia que la que todos los días nos viene dada, salvo que abramos un buen libro y busquemos la aventura o la escribamos nosotros: Y nos besamos como en las películas,/ y nos quisimos como en las canciones./ Cuando la realidad era el deseo/ y nuestro reino no era de este mundo).

A pesar de tanta referencia libresca, tanta cultura y tanta erudición, encuentro mucha vida en tus versos, mucho amor, mucha noche, algunos guiños canallas y un enorme sentido del humor. ¿Puede ser este último el ingrediente que más acerca al lector de a pie a tu obra?
Lo que nos diferencia a los seres humanos del resto de los animales que pueblan el planeta es el sentido del humor. La risa, recordaba Rabelais en los preliminares de su Gargantúa, es el proprium de la humanidad. Mi bisabuelo Carlos Luis de Cuenca cultivó en los periódicos de su época un tipo de poesía festiva que suscitaba adicción entre sus lectores. Ojalá pueda servirme de algo mi parentesco con él.

Yo creo que el gran acierto de la poesía luisalbertiana es instaurar el mito en el espacio más actual y cotidiano; tal vez el ejemplo que se me ocurre, así de repente, sea el poema, magnífico por otro lado, titulado “Nausícaa”. ¿Parafraseando alguno de tus títulos: es el mito siempre necesario?
Necesario y, por tanto, obligatorio. Los mitos están siempre vivos. Les pasa lo que a la materia de Newton: ni se crean ni se destruyen, tan sólo se transforman. Mi poema “Nausícaa” (en el que se habla de la hija de Alcínoo como si fuese contemporánea nuestra) y mi libro Necesidad del mito (Murcia, 2008) coinciden en esa apreciación.

(Después de leer toda la obra de Luis Alberto de Cuenca resulta evidente y natural ese logro extraordinario de reconstruir el mundo con los viejos moldes clásicos, de mezclar a Odiseo con los jóvenes de la noche capitalina, de buscar y conseguir los antiguos placeres para insistir en ese carpe diem necesario e inevitable. Pero, además, uno emerge de sus libros casi purificado, como se sale de un ritual de iniciación en los misterios de la vida.
Acabada la entrevista, me queda el privilegio de haber escuchado las palabras de un maestro, de compartir con él un pequeño resquicio de vida y ese enorme paisaje del deseo, al que unos pocos estamos entregados desde hace mucho y que tanto nos une. Lo llamamos literatura y constituye un pacto inquebrantable, casi secreto, de complicidad. Enhorabuena al poeta y mi eterna gratitud).
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