viernes, 13 de febrero de 2009

Hablando de libros con Javier Vidal-Quadras

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes nació el 25 de octubre de 1961 en Barcelona, donde reside actualmente. Estudió derecho y ejerce como abogado en esa misma ciudad. Está casado con Loles Torras Mercader, con quien ha tenido siete hijos: Miriam (1989), Javier (1990), Álvaro (1993), Alejandra (1995), Beatriz (1997), Belén (1999) y Pablo (2004). Ha sido profesor asociado de Derecho en las facultades de la Universidad Abat Oliba, Ramón Llul y Universidad Internacional de Cataluña.

Desde 1992 combina el ejercicio profesional con la moderación de cursos de orientación familiar en la Asociación Fert, de Barcelona, lo que le ha permitido conocer bien la realidad familiar. Es, además, Secretario general de la IFFD, federación con status consultivo en la ONU y Subdirector del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la Universidad Internacional de Cataluña y Director del Postgrado en Matrimonio y Educación Familiar, del propio IESF. Es miembro del consejo de redacción de la revista “Familia y Cultura”.

Ha publicado
Después de amar te amaré, 2004; Hamo, un hombre en busca de sí mismo, 2006; y Vábilenlor, las últimas palabras, 2008.
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Pregunta.- En su biografía aparecen muchos adjetivos para definirle: escritor, orientador familiar, abogado, profesor… y padre de siete hijos. ¿De dónde saca tiempo Javier Vidal-Quadras para cubrir tantos frentes?
Respuesta.- Contrariamente a lo que parece, el tiempo no es rígido, sino elástico. Lo que importa en relación con el tiempo no es la magnitud, la cantidad de tiempo de que disponemos, sino la percepción que tenemos de él: no ‘dura’ lo mismo el tiempo del sufrimiento o de la enfermedad que el tiempo del gozo o de la salud. Los días se alargan o se acortan según nuestro estado de ánimo…, con una regla universal: para aquello que amamos siempre encontramos tiempo. Yo he tenido esa gran ventaja: casi todas mis actividades tienen un denominador común y un sentido rector: mi matrimonio y mi familia. ¡Y así es fácil aprovechar el tiempo!


P.- En
mi comentario sobre Vábienlor, ya dije que nada mejor que leer los datos biográficos del autor para orientarse hacia lo que vamos a encontrar en su interior. Por que toda la novela emana un enorme amor hacia la familia, lo cual es una novedad, a mi entender, en la narrativa de fantasía.
R.- Y, sin embargo, está en el trasfondo de toda novela y de toda obra humana. El hombre ‘es’ en la familia. La familia es el lugar al que siempre se vuelve, vuelve el héroe y vuelve el villano porque en la familia la acogida está asegurada. En la familia nadie es (o no debería ser) juzgado por lo que tiene o por lo que puede, no importan las habilidades, las posesiones ni nada externo a uno mismo. En la familia uno es amado por lo que es y también por lo que no es ni será jamás capaz< de ser. En estos tiempos de crisis contemplaremos un renacer de la familia, que actuará, siempre lo ha hecho, como colchón de la sociedad, recogiendo a sus miembros cuando la sociedad los rechaza.


P.- ¿Cuánto hay de Javier Vidal-Quadras, y de su familia, en Vábienlor?
R.- Todo y nada. Los personajes de carne y hueso están inspirados en mi propia familia. De hecho, la novela tiene su origen en unas cartas que empecé a escribir a mi hija mayor durante una estancia suya en el extranjero cuando contaba con trece años de edad. Solté la imaginación y surgió una historia que desembocó en Vábienlor. Cada personaje era un miembro de la familia. Pero después, como sucede con toda obra de ficción, los personajes fueron cobrando fuerza autónoma y la misma historia iba creando el perfil de cada uno. La novela, pues, está inspirada en mi familia, pero su discurso narrativo no guarda ninguna relación.


P.- Puedo suponer, que la opinión de su esposa y la de sus hijos habrán influenciado en el resultado final de la novela, en el manuscrito que entregó a Toromítico.
R.- Ciertamente. De hecho, el manuscrito final está bastante lejos de la primera versión, mucho más larga y cargada de contenido. Una vez decidí darle la forma definitiva de novela publicable, la sometí a una revisión profunda. Por ejemplo, la versión original estaba escrita en primera persona (¡era epistolar!), y la reescribí en tercera persona. Al mismo tiempo, iba contrastando los capítulos con mi mujer y mis hijos (aquellos que se interesaban, claro), y fui rebajando el tecnicismo de cierto vocabulario para hacerlo más asequible. También recibí la inestimable ayuda de algún que otro buen amigo. En fin, fue un proceso largo, sobre todo porque le dedicaba tiempos sueltos, y divertido. Puedo decir que mis hijos y mi esposa han participado en mi formación como escritor, al menos de novela juvenil.


P.- En Vábienlor el lector se va a encontrar a personajes muy bien definidos, con sus características personales. ¿Pretende con ello que los lectores infantiles y juveniles, hacia los que va orientada la novela, se fijen en ellos, los tomen como modelos?
R.- Me conformo con que les suenen. Son los valores (y los contravalores) de siempre, que forman parte de nosotros. Julián Marías hablaba de los ‘bárbaros verticales’ para referirse a los especialistas que tanto abundan en la sociedad actual: saben mucho, muchísimo de una sola cosa, dominan un área del conocimiento normalmente muy restringida, pero son unos bárbaros horizontalmente hablando, no saben nada más que aquello a lo que se dedican. Y una de las áreas más olvidadas es la persona humana. Dedicamos poco tiempo a conocernos, saber cómo actuamos, por qué, qué son los sentimientos, la voluntad, qué tendencias tenemos, etc. El auge de los libros de autoayuda se explica porque muchos niños crecen sin recibir una información y una formación suficiente acerca de ellos mismos, pero a menudo se olvida que esta es una sabiduría prudencial, no se aprende en los libros, sino en la vida y, primariamente, en la familia, en el entorno de un amor incondicional y seguro.


P.- ¿Un personaje que me gustó especialmente es la reina Chares, su capacidad de entrega, y en la inquebrantable fe hacia que cualquiera puede rescatarla.
R.- Como fácilmente se deduce, Chares representa el amor, pero un amor fuerte, sereno, esforzado y entregado, no esa caricatura con que algunos quieren desdibujarlo. Y una de las características del amor auténtico es, precisamente, la vulnerabilidad. Lo constitutivo del amor es la entrega, y la entrega implica renuncia a uno mismo, ponerse en manos del otro, de quien se espera el mismo grado de amor. Eso hace Chares. No puede concebir otra cosa, y no blinda su amor cerrándolo a la entrega generosa porque sabe que un amor tal se negaría a sí mismo. En el fondo, el amor es la forma, el envoltorio de cualquier otro valor: sin él, la virtud se degrada en mero hábito, que es un primer estadio, pero insuficiente, una perfección fría e inhumana.


P.- A lo largo de la narración insiste en que una de las características del sistema de valores es que es sistémico y armónico?
R.- Recuerdo una consulta en mi despacho profesional: un padre joven con dos hijos pequeños decía haber descubierto su vocación y había decidido irse a un país del Tercer Mundo como misionero laico a ayudar a los niños pobres de aquel lugar. Quería disponer su patrimonio para dejar todo en vida a su mujer y a sus hijos, a quienes iba a abandonar por razón de su nueva vocación. Me hizo reflexionar: ¿qué falla aquí? La decisión es aparentemente generosa, tanto la de ir a ayudar a los niños de un país pobre como la de dejar todo a su familia, pero es una generosidad desordenada. En el fondo, pensé, es una forma de egoísmo: para ‘realizarme’ yo abandono a los míos, y concluí que los niños del Tercer Mundo no dejaban de ser, en ese caso, una excusa, un instrumento en beneficio de uno mismo. Después descubrí que ya San Agustín había hablado del ‘ordo amoris’, el orden en los amores. Por esta razón, una sola virtud, un solo valor no lo es, necesita el cortejo de todas las demás hasta desarrollar un sistema armónico y equilibrado: si solo fomentamos un valor (fortaleza, audacia, generosidad, justicia…), fácilmente se convierte en un arma al servicio de nosotros mismos y nos olvidamos de los demás.


P.- Tolkien nos enseñó, en su inmensa saga, la importancia del amor al medio ambiente, y nuestra locura consumista nos está llevando a una catástrofe medioambiental muy peligrosa. En su novela más reciente, como vengo diciendo, he encontrado el amor a otros valores: la educación, la cultura tradicional, la familia. En ese sentido me impactaron, como lector, las palabras de Eghon: un hombre que quiere y no puede. Esta es la historia de la Humanidad; deseos, intenciones, palabras grandilocuentes y vacías… ¿Y luego? División, disensión, guerra, soberbia... ¿Cree que, permítame definirlo así, la ignorancia actual hacia esos valores nos llevará a otros desastres imprevisibles?
R.- Creo que fue Chesterton quien advirtió, con su aplastante lógica y su habitual finura, que cuando se iba por el campo nunca debía retirarse una valla sin saber antes por qué alguien la había puesto allí. El abandono de los valores humanos y familiares (que no son tradicionales sino meramente humanos) producirá, está produciendo ya, frustraciones, heridas y sufrimientos profundos, muchos de los cuales pasarán inadvertidos, porque se llevan en silencio. La cultura dominante no admite hoy que se reconozca abiertamente que ciertas propuestas de estilo de vida conducen al desengaño y al fracaso. La persona humana es un ser proyectado al infinito, con un ansia de eternidad, de permanencia, capaz de compromisos duraderos, pero hoy casi nadie se atreve a decir esto; hay un miedo ambiental, porque eso no es lo que se lleva, no está de moda. Sin embargo, los índices más altos de felicidad se encuentran en quienes han decidido ‘olvidarse’, aunque solo sea un poco, de sí mismos para ponerse al servicio de otro u otros. Decía Kierkegaard que la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, hacia lo otros.


P.- ¿Y quien cree usted que va ganando en esta eterna lucha, Vámalor o Vábienlor?
R.- Todo el que ha decidido emprender esta batalla la ha ganado, a pesar de las apariencias engañosas. Pero tendemos a olvidar que no se trata de una guerra cósmica, sino particular, individual, de cada uno de nosotros. Y también olvidamos que se trata de una victoria interior, que no tiene porqué tener reflejo en el éxito social o profesional. Aquí la victoria no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre.


P.- ¿Es necesario que existan los Vámalors para que lo hagan los Vábienlors?
R.- En la novela, Auriga es capaz de generar vámalors en los hongos de instrucción, a través de un curioso mecanismo: primero los llena de vábienlors, después saca algunos y su lugar es inmediatamente ocupado por un vámalor. En la cultura clásica se sabía bien esto: el mal es ausencia de bien. El bien existe primero; cuando se degrada, surge el mal. El bien es positivo, afirmativo, el mal es negación, ausencia. Cuanto más Vábienlor, menos Vámalor.


P.: Todas las novelas de fantasía se caracterizan por la eterna lucha del bien y del mal. ¿Es practicar el bien la mejor manera de luchar contra el mal?
R.- Sin duda, aunque también hay que denunciarlo y enfrentarse a él cuando sea necesario. Uno de nuestros mejores poetas, Juan de la Cruz, lo expresó gráficamente: donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. Una regla que casi nunca falla. Es conocida la anécdota del alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, y el Central Park. Para eliminar las pintadas que afeaban los muros del parque, decidió no perseguir a los incivilizados pintores sino contratar una brigada de limpieza que cada mañana limpiaba lo que por la noche ensuciaban los gamberros, así cada día, hasta que consiguió que desistieran de su empeño. El bien es difusivo y cuantos más y con más empeño lo practican, más se extiende.


P.- Dice usted que para que los niños nos abran su intimidad hay que hacerles partícipes de la nuestra.
R.- Sin invadir el ámbito más recóndito de intimidad personal y matrimonial, no transmisible a los hijos, hay que explicarles nuestra vida, tanto la profesional como la personal y familiar. Es inútil esconderles nuestras debilidades, porque ellos las ven igualmente. Podemos, además, pedirles consejo (u oraciones, si somos creyentes) para problemas o contradicciones que nos afligen. También su corresponsabilidad: ¿quién no se ha sorprendido al ver a un hijo renunciar a pedir un regalo porque ha oído que en casa se va corto de dinero? Si nosotros nos apoyamos en ellos en todo lo que sea comunicable, ellos lo harán más fácilmente en nosotros. Esta regla vale para cualquier persona: si quiere que alguien le confíe sus cosas, empiece usted confiando las suyas.


P.- He leído que usted afirma que el amor verdadero, que personalmente me trae recuerdos de ese bellísimo amor que tan bien se define en La Princesa Prometida, no termina nunca. Para quienes no lo creen, ¿qué les recomendaría?
R.- Primero, que exploren sinceramente en el hondón del alma y se pregunten con honestidad si no es verdad que, a pesar de todos los temores y miedos que la sociedad arroja sobre el amor definitivo, ellos quieren amar para siempre a sus seres más queridos: marido, mujer, hijos, padres, hermanos, amigos íntimos. Después, que tomen la decisión de hacerlo porque la voluntad solo persigue los bienes que la inteligencia le presenta como tales. Y, por último, que se atrevan a dar un paso imprescindible: trasladar el centro de gravedad de su amor desde ellos mismos hasta la persona amada, del “yo” al “tú”. Cuando uno no ama para siempre y sin condiciones, se convierte en el criterio de valoración del otro: el otro vale en la medida en que cubre mis expectativas, está, pues, a mi servicio, lo utilizo. Cuando uno ama para siempre y sin condiciones, el amor se convierte en entrega: el otro vale por sí mismo, ¡vale la pena que exista, que sea lo mejor que está llamado a ser!, y yo me pongo a su servicio. Si esto se da, como debería ser, de manera recíproca, hay garantía de éxito.


P.: Y como esta sección se llama Hablando de Libros, el futuro de los mismos, ¿cómo lo ve el orientador familiar?
R.- El libro, el cuento, la narración, las crónicas… forman parte de nuestra naturaleza. Alguien dijo que si una persona hubiera podido contemplar la creación del mundo, pero no tuviera nadie a quien contarla, su dicha no sería plena. Pienso que es tarea de los padres descubrir el tipo de lectura que se adapta a cada hijo. No a todos gusta la novela ni, dentro de esta, el mismo tipo; habrá quien prefiera leer sobre descubrimientos científicos o sobre historia, novelada o no…, pero está demostrado que ante un buen libro que conecte con el interés y la curiosidad intelectual del lector, desaparecen todas las pantallas. Lo he podido observar en mis propios hijos…, hasta los menos lectores se han encerrado en un libro cuando hemos acertado en la elección. Pero hay una premisa ineludible: el ejemplo de los padres. Si no nos ven leer, ellos tampoco lo harán.


Muchas gracias.

2 comentarios:

Rudy Spillman dijo...

Muy interesante la entrevista y la personalidad del entrevistado. Se vuelca aquí mucho material que invita, estando de acuerdo o no, a reflexionar en temas de vital importancia. Un nutrido aporte para el lector interesado.
Un saludo.
Rudy

maria teresa rufino gonzález dijo...

Me encanta este hombre, es interesante al máximo. A mí me ganó con su libro "después de amar te amaré".
No puede ser que de un hombre salga tanto romanticismo...
Un saludo,
Teresa R