miércoles, 25 de octubre de 2006

EL BOSQUE


Os hablaré del bosque de tristes ramas.
Nadie puede explicar la amargura de sentirse encadenado al tiempo, ser cubierto por el manto del olvido de tus conocidos, de tu linaje, más allá de mil vidas, y regresar tres mil años después al lugar de donde saliste en busca de un frío capaz de horadar tu alma. Sin éxito.
Ese lugar, el bosque, ha encogido, se ha empequeñecido.

Pero me estoy anticipando a los acontecimientos, es tanto la asfixiante agonía que sufro... Todo comenzó cuando inesperadamente la arrasadora lluvia de rocas cesó, la destructiva tormenta que asoló el suelo de Iskar pasó y el mundo pareció detenerse. Pero pronto la atroz realidad volvió. Los esclavos siguieron trabajando incansables bajo la protección de lo que llamaban tortugas en un ruido ensordecedor, noche y día. Parecía que el infierno se tambaleaba, que los pilares del mundo se resquebrajaban. Y, estoy totalmente seguro, en el interior de las murallas, los iskardianos rogaban a sus decrépitos dioses que no cesasen en su continuo trabajar bajo los cimientos de las murallas.

Una vez más el gigantesco ariete chocó contra la puerta principal, que sorprendentemente había aguantado dos días de golpes y embestidas, y sabíamos que estaba a punto de ceder. Los sacerdotes inmolaron ciento dos niños en una descomunal hoguera que tenía una extraña belleza. Nuestros oficiales nos preparaban para la invasión y, aunque no podíamos elevarnos por encima de las murallas, sabíamos que encontraríamos una tétrica ciudad arrasada a piedra, en espera de serlo a fuego. No lo sabíamos entonces, pero dentro de la ciudad seguía intacta la que llamaban Torre del Sabio, donde las catapultas no conseguían hacer blanco.

El ariete machacó una y otra vez y su atronador sonido se propagó como un horrísono gong descomunal. Desde las almenas los defensores disparaban sus briosas y mortales flechas contra los esclavos que lo empujaban, esfuerzo fútil. El retén de afrianos era interminable, y antes de caer uno ya otro ocupaba su lugar.


Fatalmente, la puerta cedió. Siguió un momento vibrante. Mil gargantas dejamos escapar una exclamación de angustia; dentro de las murallas, de desesperación; fuera de ellas, de victoria. El incontable contingente asgardiano irrumpimos en la plaza, donde fuimos recibidos por una impenetrable lluvia de flechas surgidas de todas partes. Nuestra primera incursión fue aniquilada, pero pronto una nueva, y otra entramos como un ciclón, pisando cadáveres, resbalando en charcos de sangre, en una jornada de fuego y sangre como no conoció otra la humanidad hasta ese día. ¡Qué desprecio a la vida! Vidas segadas como grano maduro ante la guadaña de Muerte, se luchó hombre a hombre y aquello fue una loca carnicería. El hedor de la sangre nos enloquecía, nuestros ojos eran más rojos y humeantes que los muertos a los que pisábamos, que los charcos de sangre donde se sumergían nuestras piernas hasta las rodillas.
¡Qué momentos de épica locura! Esas jornadas de matanza jamás se olvidan, ni por quienes estuvimos en ella ni por quienes, en las generaciones venideras, compondrían odas a los invasores y a los defensores. ¡Hoy, miles de años después, el olor de la sangre recién derramada aún prevalece en mi olfato!

Retrocedimos, es cierto, pero tras nuevas embestidas del ariete, cerca del anochecer, dos nuevas columnas hollaron el suelo de Iskar, en tal número y rapidez que las flechas no pudieron detenernos. Nos hicimos fuertes a un elevado precio, convencidos de que no podrían arrojarnos de la ciudad. En aquellos barrios de estrechas calles convertidas en escombros, consolidamos las posiciones mientras nuestros oficiales planificaban el avance.
Sobrevinieron sangrientas jornadas, de encarnizadas luchas cuerpo a cuerpo, entre las estrechas calles. Los iskardianos cedían terreno lentamente, pero eran capaces de recuperar parte de él durante la noche. Un demonio de espada brillante dirigía a los defensores, mientras en otro lado miles de flechas nos aguardaban, como si intentásemos coger a un puerco espín.

Pero Iskar parecía condenada. Dos semanas después, las tortugas que horadaban los cimientos de las murallas cesaron en su trabajo. Defensores e invasores nos sentimos unidos en la misma expectación de un silencio que nuevamente detuvo el mundo, mil nuevos ecos ulularon sobre nuestras enloquecidas cabezas. Fuera, los esclavos llenaron los agujeros horadados en la base de las murallas con la madera recogida días antes, y le prendieron fuego. Los pozos se convirtieron en hornos, la tierra se resquebrajó y poco después se derrumbaron partes de las murallas defensivas.

Nuestras tropas irrumpieron en Iskar por diez diferentes brechas. Ávidos por hundir nuestras espadas en sangre, asesinamos a todo aquél que encontramos al paso, fuese mujer, niño, anciano y esa matanza se nos volvió en contra, pues no quedó nadie en la ciudad sin empuñar un arma con la cual oponérsenos.

Los iskardianos no se refugiaron en el interior de su fortaleza, como esperaban nuestros oficiales; al contrario, temerariamente luchando hasta la última gota de sangre, retrasaban la consolidación de la conquista. Éramos hostigados sin descanso, desde cualquier lugar brotaba la flecha asesina, la lanza desgarradora o la espada semejante a un cuchillo de carnicero, haciéndonos temer cada esquina de aquella maldita ciudad. En parte la culpa la tenía aquel demonio de espada brillante, cuya fama de indomable guerrero, capaz de formar un ejército invencible con los despojos de una batalla, nos estaba segando como rubio maíz.

Y el Destino no quiso que Iskar fuese sometida. Fue el propio Emperador de Asgardia uno de los primeros en ver la nube de polvo levantada por la caballería de la Primera Legión que comandaba en general Bejl, unida a la bakuniana, que acudía en ayuda de la ciudad sitiada y bajo el estandarte del asesinado rey Odines....

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