jueves, 11 de octubre de 2018

Escena de Versos envenenados, 14



            Me encanta cuando escribe «cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia. Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso! Oscuros cauces donde la sed eterna sigue, y la fatiga sigue, y el dolor infinito». O eso otro de «pero cae la hora de la venganza, y te amo. Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme. Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia! Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!».
            ¿Eres capaz de recitarlo todo?― el tono de voz femenino delataba que estaba sorprendida, gratamente impresionada.
            No, por favor. Pero ese primer poema me encantó cuando lo leí por primera vez, hace ya años. Y no lo he olvidado.
            Siguieron conversando sobre el poeta chileno hasta que llegaron al destino que había elegido Carlos. El restaurante se llamaba El Chaleco, en Alhama de Murcia, en la avenida Almirante Bastarreche. Pronto encontraron aparcamiento y caminaron muy juntos hasta el local donde iban a cenar.
            ¿Lo conoces?
            He oído hablar de él.
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