domingo, 25 de abril de 2010

Y al séptimo día descansó

No me avergüenzo de ser sacerdote.
Pergiordano Cabra.
(Publicado en L´obsservatore romano).

Incluso en los días
de la acusación y el escarnio
mediático
no me avergüenzo de ser sacerdote.
¿Algunos sacerdotes han sido
acusados de pederastia?
Es una vergüenza, y es justo
hacer limpieza donde hay suciedad.
Esta expresión, ya presente
en la Introducción al cristianismo
de Joseph Ratzinger, libro publicado
en 1968, la utilizó, por primera vez
referida a la Iglesia, el cardenal
Ratzinger, durante el vía crucis
en el Coliseo, suscitando sorpresa.
Y ahora quieren involucrarlo
también a él.
Pero, ¿no lo habían llamado "pastor
alemán" por su disciplina inflexible?
Dicho esto, no me avergüenzo
de pertenecer a una "categoría"
de personas que ha dedicado
su vida a preparar a los muchachos
y a los jóvenes para la vida,
que ha tenido la valentía de
promover con la palabra
y con el ejemplo -sí, precisamente
con el buen ejemplo- el ideal
de una vida limpia,
seria consigo y con los demás,
respetuosa y generosa.
En este momento pienso
en los óptimos sacerdotes
que me educaron, en los que
he conocido a lo largo
de mi magisterio, que han vivido
para los demás, poniendo
la dignidad de la persona
-especialmente de los niños
y de los jóvenes-
en la base de su servicio pastoral.
Pienso también en los casos de
verdaderas calumnias que han
destruido vidas inocentes.
Y ante este encarnizamiento
mediático no puedo menos
de ver también la avidez de quienes
- y ciertamente no son las víctimas-
aprovechan el caso en beneficio
propio; pienso en los conductores
de programas televisivos venenosos,
que ridiculizan cualquier ideal
y que hoy se muestran
escandalizados. Pienso en la buena
ocasión para arrojar fango
sobre la Iglesia y devaluar su
doctrina, que resiste a la moda
general, sin plegarse a confundir el
mal con el bien, lo limpio con lo
sucio. Pienso en los sacerdotes
santos, que no son pocos, y en los
honestos, que son muchos,
recordando a los cuales me siento
impulsado a mirar al futuro con
confianza.
No estoy tan ciego como para no ver
las cosas que no están bien, primero
en mí y luego en los demás, pero el
bien mayor no es rebajar el ideal,
sino elevar el nivel de mi vida,
sentirse todos más humildes, más
unidos a la Iglesia, no dejar
demasiado solos a nuestros
sacerdotes, orar por ellos, sostenerlos
con nuestro calor humano. Sobre
todo no arrojar demasiado
fácilmente contra ellos la primera
piedra.
No. No me avergüenzo de ser
sacerdote. Sólo me avergüenzo de
no ser un sacerdote santo.

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