sábado, 9 de agosto de 2008

Negros


Parece ser que a estos sí es correctamente político adjetivarlos como negros: “persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios”, como leí en un reciente artículo de J.J. Armas Marcelo en el ABCD de las artes y las letras.

Antes de seguir, tengo que reconocer que nunca agradeceré suficientemente a mi amigo Manolo el que me “presentara” a este autor- columnista, pues desde entonces, hace ya unos años, lo sigo semana a semana con sumo placer.

Volviendo al origen, como os decía, el artículo se titula
Negros y aparece en la página 8 del citado suplemento cultural del ABC, más concretamente, su número 861, correspondiente a la semana del 2 al 8 de agosto, precisamente la que termina hoy, o la que termina cuando comienzan las olimpiadas, que también aquí, con este evento, estamos ayudando enormemente a acelerar el deseado cambio climático: a ver si somos capaces de acabar con nuestro planeta a la mayor brevedad posible (leed el artículo sobre el record de vuelos de la historia sobre China).

Dice Armas Marcelo que:

El negro, entonces, es un tipo que sacrifica su hipotético talento de escritor borrándose del cartel para dejar paso a la fama falsa del escritor que firma los escritos. El negro (ojo, que también hay megras, y muy buenas) hace un par de pactos consigo mismo: dimite ants de llegar a ser lo que tal vez sueña y, oculto, escribe en el mayor de los silencios para la gloria del otro o la otra.


Y también:

Siempre me ha llamado la atención la psicología personal del “negro”, esa pasión, azar o necesidad por ocultarse bajo las faldas o los pantalones de quien figura como escritor sin serlo en la parte o en el todo.


Yo he sido negro, no me molesta reconocerlo: cuando muy joven milité en un partido político y el líder de turno era incapaz de poner unas cuantas palabras sobre un papel, una detrás de otra, y que tuviesen sentido. Y, en otro periodo de mi vida, fui sindicalista, también tuve la oportunidad de ejercer de negro para que los artículos periodísticos de aquel secretario general fuesen mínimamente aceptables.

No me arrepiento. Eran cosas que había que hacer, creía entonces en ellas, en el bien de la organización.

Pero también recibí una oferta de ser negro, o mulato, que no sé clasificarlo correctamente, cuando una famosa editorial me informó con muy dulces palabras de lo que les había encantado un manuscrito mío. Que con el nombre de este o aquel autor/a famosos de su nómina, sería todo un éxito, y que si se los vendía.

Ese manuscrito está aún en el cajón y, posiblemente, lo esté para siempre.

No hay comentarios: