lunes, 21 de julio de 2008

Agentes

Manuel Rodríguez Rivero, a quien muchos sabéis seguía en el ABCD de las artes y las letras, nos cuenta un interesante chiste en su sección Sillón de orejas, en Babelia (nº 868, de 12 de julio de 2008), que él mismo califica de agentófobo:

Un tipo muy enfadado entra en un bar de copas, pide una bebida y exclama en voz alta:
Todos los agentes son gilipollas”.
Otro tipo al extremo de la barra le contesta: “Oiga, me está usted ofendiendo”.
El primero: “¿Acáso es usted agente?”
El otro: “No, soy gilipollas”.
Bueno, hasta aquí el chiste de dudoso gusto
.

Nos anuncia que algún día los escritores, editores, críticos y comentaristas tendrán su chiste algún día.

Pues bien, esa misma semana, J.J. Armas Marcelo, escritor que descubrí por un comentario que publicó hace unos años Manuel Leal Manzanera, a quien yo por entonces decía que era “mi biógrafo”, publica en el mencionado ABCD de las artes y las letras (semana del 12 al 18 de julio), en su página A la intemperie, un artículo titulado Agentes.

Inicia la reflexión afirmando que hay gente que a veces le preguntan para qué sirve una agente literaria (él siempre habla de agentes en femenino, por que casi todos los agentes son las agentes.) Y responde:
(este orden lo pongo yo):
a) Además de representarte ante el tenebroso mundo editorial,
b) habla por ti,
c) te aconseja como escritor, y
d) te prescribe medicinas como si fuera tu psiquiatra
.

Pero sobre tomo me interesa este comentario final:
Hay además agentes que viven de las rentas de un par de escritores de gran rango (económico, se entiende), aunque sepan poco de su jerarquía literaria. ¿Y los demás, la gran jarca que sufre en silencio el olvido de esta sociedad iletrada y despreciable que lo desprecia precisamente por ser escritor? Los demás, siempre como el del chiste: el hombre que se sacó seis millones de euros en la lotería y le preguntaron que para qué usaría el dinero. Para pagar deudas, dijo el afortunado. ¿Y el resto?, volvieron a preguntarle. ¡Ah!, el resto, que espere.
Eso, la jarca, a esperar la oportunidad de transformarse en príncipe de ventas, gloria del éxito y aplauso del reconocimiento. Y así, en esa esperanza, se pasará la vida escribiendo, que es lo único importante de todo cuanto haya hecho con o sin agente literaria.

Pues eso, a escribir.
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